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 El sombrero de Walt Whitman

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MensajeTema: El sombrero de Walt Whitman   Mar Jun 07, 2016 12:24 pm

El sombrero de Walt Whitman




Durante el pasado invierno, y como parte del ingente trabajo que me ha deparado el El Aleph de Ramón, he tenido que manejar decenas de fotografías digitalizadas. Este retrato de Walt Whitman lo hallé, después de varias búsquedas poco satisfactorias, en la Colección Digital de la Biblioteca del Congreso (Washington), y me ha dado que pensar.

La fotografía aparece registrada en el catálogo como “impresión fotomecánica” (lo cual me parece correcto), y fechada hacia 1849 o 1850, pero esta datación solo puede ser errónea, ya que el poeta nació en 1819, y este retrato difícilmente parece el de un hombre de treinta años. La fecha correcta ronda pues el año 1860. El error de datación proviene del mismo Whitman, que se topó, no sabemos cómo, con este retrato suyo en 1889, es decir, casi treinta años después de la realización de la imagen y pocos años antes de morir. Fue él mismo el que dató mal la fotografía, de modo que su error ha sido, de algún modo, respetado. No hay, además, duda alguna del error, ya que existen fotografías correctamente datadas en torno a 1850 en las que Whitman se encuentra mucho más joven.





Walt Whitman, fotografiado entre 1848 y 1854



Pero nada de esto es realmente importante. Observen en cambio lo que la fotografía de 1860 nos muestra: la postura relajada (ligera flexión de las piernas), la mirada franca, el chaleco desabrochado (excepto en un único botón), la camisa desaliñada, el burdo nudo del pañuelo al cuello, la mano izquierda metida en el bolsillo, la derecha sujetando un sombrero de copa un poco deslucido… La fotografía se realizó probablemente en un estudio, pero atesora algo inmediato, ajeno a la rigidez habitual en las poses de estudio (como el retrato anterior). Parece como si Whitman se acabara de detener –un momento, un segundo- en uno de sus largos paseos por los descampados. Parece feliz, cansado y satisfecho.





Sí, ese es Walt Whitman. Lo reconocemos. Y no es, por cierto, una representación de la persona del poeta como nos lo muestra, por ejemplo, el retrato al óleo que le hizo su amigo Thomas Eakins, sino que –como diría Barthes- “así fue” el poeta, exactamente así era el poeta en el día y la hora y el segundo preciso en que el mecanismo fotográfico lo captó para que llegara a nosotros. Exacto, ligeramente desvaído por el paso tiempo, pero exacto aún.

Como hemos dicho, el poeta se reencontró con la fotografía en 1899 y dicen que se sintió cautivado por la imagen, al punto de que comenzó llamarlo su “retrato de juventud” y también su “fotografía misteriosa”. Se reconocía fascinado por la dulzura y franqueza que respiraba su rostro, por el desaliño espontáneo de sus ropas. “Soy yo, yo, informe aún, sin desarrollar” afirmó, dando a entender que aquella imagen mostraba algo esencial y genuino de sí. Encontraba misterioso aquel efecto y lo atribuía al “truco de la cámara y del fotógrafo. A veces ocurre”. Y añadía: “Cuándo pudo ser tomada la imagen, por quién y dónde es algo que no puedo intuir siquiera…es un diabólico y tentador misterio”.




Lo curioso es que mientras yo rastreaba la imagen y cotejaba -siempre insatisfecho- varias reproducciones, alguien envió a mi correo electrónico -casualidad de casualidades- un párrafo entresacado del Prefacio de Hojas de Hierba que decía así:


Esto es lo que debes hacer: ama a la Tierra y al Sol y a los animales, desprecia las riquezas, da limosna a quién te la pida, defiende al tonto y al loco, dedica tu dinero y tu trabajo a los demás, odia a los tiranos, discute sin preocuparte de Dios, ten paciencia e indulgencia para con la gente, no te quites el sombrero ante nada conocido o desconocido ni ante ningún hombre o grupo de hombres…Cuestiona todo lo aprendido en la iglesia, la escuela o los libros, desecha lo que sea un insulto para tu propia alma y tu misma carne será un gran poema.
(Prefacio de Hojas de Hierba)



Leí con atención el texto, para luego volver a observar la fotografía. Me extrañó que un hombre que aconseja no quitarse el sombrero ante nada conocido o desconocido hubiera posado para un simple fotógrafo con la cabeza al descubierto. Yo no me someto / Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como me da la gana, afirma en uno de sus versos. Hube de concluir que el detalle del sombrero era al fin y al cabo anecdótico, ya que Whitman fue retratado en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, y lo hizo con o sin sombrero, indistintamente. Es más, se sospecha que, siendo ya un completo anciano, posó desnudo para su amigo, el ya mencionado pintor y pionero de la crono-fotografía Thomas Eakins








Si, como se supone, es Whitman ese hombre desnudo, sin duda se trata de un documento excepcional, pero nada hay de extraño en su desnudez tratándose de un hombre que escribió cosas como esta:



Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco o me toca, El olor de mis axilas es más hermoso que una plegaria. Mi cabeza más bella que los templos, las biblias y todos los credos. Si hay algo que venere más que a nada en el mundo es toda la extensión de mi cuerpo o cualquiera de sus partes.
(Hojas de hierba, 1856)



Sin embargo, volvamos de nuevo al retrato de 1860. ¿Qué tiene de especial esa imagen –para el poeta, para nosotros, para mí-?
Se suele decir que la fotografía nos inmortaliza. Barthes, sin embargo, nos dice que la fotografía es la Muerte, que no hay materialización más aquiescente de la muerte que un retrato fotográfico. Distintos modos de enunciar una misma paradoja. Las fotografías -por contra a la apreciación altamente subjetiva de Barthes- no son eternas, pero difícilmente hubiera pensado el poeta norteamericano que, ya anciano y enfermo, habría de encontrarse con una imagen que le devolvía al hombre que fue; que cientos de miles de personas iban observar durante décadas ese rostro, el rostro impresionado en aquella fotografía tomada en un día desconocido; que un desalmado como yo iba descomponer –148 años después- en pedazos la imagen, como se desarma una radio.






Whitman posó con confianza, sin desgana pero relajado y franco. Sí, ese es Walt Whitman. Llevaba su sombrero de copa puesto y se descubrió. El poeta sabía –es para mí una certeza poética- que al otro lado del ojo mecánico no se asomaba el fotógrafo, y probablemente tampoco la Muerte (Y en cuanto a ti, muerte, y a tu abrazo fatal que nos destruye, es inútil que trates de asustarme) sino algo análogo y potencialmente más aterrador, o quizás incluso seductor: el infinito. Al infinito, al futuro parece presentar el poeta sus respetos, sin conmover su postura, descubierto pero desafiante, quizás incluso con sorna. La cámara supo, inadvertidamente, captar lo que Whitman llevaba escrito en los ojos. La fotografía nos confía exactamente las mismas palabras que sus versos:



No será este presente quien debe justificarme y responder por mí, Sois vosotros, la nueva generación autóctona y atlética, continental, más grande que todas las conocidas. ¡Arriba!, que vosotros debéis justificarme. Yo apenas dejo escritas unas pocas palabras acerca del futuro, Me adelanto un instante y retrocedo corriendo presuroso a sumirme en las sombras. Soy un hombre que, sin parar su marcha, os mira fugazmente y luego vuelve el rostro, Dejándoos el cuidado de examinarla y definirla. ¡Lo principal lo espero de vosotros!

(Hojas de hierba, 1856)

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